Once Minutos

Empecé este libro por casualidad: fue el primero que salió ante mi vista y me encapriché de él, sin saber si quiera de qué era la historia, tan solo por su nombre “Once Minutos”, que me hizo pensar en su significado. Tal vez sea un poco ingenua, pero mi mente no pensó que se tratara de sexo hasta la primera línea del libro:

“Érase una vez una prostituta llamada María”

Desde luego, el libro empieza tan sincero como sigue la historia, y es que para escribir sobre sexo hay que hacerlo sin tapujos, y Paulo Coelho lo sabe.

La historia empieza con una niña que se cree muy experimentada, que busca el amor verdadero, a su príncipe azul, y, no voy a desvelaros la trama del libro, termina con una, mujer que ha pasado por tantas situaciones sexuales que ya parece haberlo experimentado todo. He de decir que lo que más me fascina del libro no es la franqueza y la normalidad con la que se tratan temas “tabú” (aunque creo que el sexo ya no es tabú para nadie, o casi nadie), sino el hecho de que saque de la prostitución y del sexo, como nos dice un personaje de la obra, como dos corrientes distintas: el sexo como tal, la prostitución en la forma en la que todos la conocemos; y la espiritual, y no solo como dice este personaje, respecto a la prostitución en sí, sino también al sexo y al disfrute de este.

María, nuestra protagonista, una niña de un pueblo perdido en Brasil, pasa por todas las fases del sexo, empezando por lo más bajo: aprendiendo a besar, pasando por la masturbación, el sadomasoquismo, la pasión, las aventuras extramatrimoniales, y siempre intentando comprender el porqué de todo; porqué sus clientes buscan prostitutas, si los hombres realmente piensan tanto en sexo, si las mujeres disfrutan del sexo… Pero la base de todo es la búsqueda de aventuras y, aunque parezca inconexo en un principio, del amor. El amor para María lo es absolutamente todo, y, hasta que no encuentra al hombre al que ama y habla seriamente sobre sobre su cuerpo, no consigue disfrutar realmente del sexo.

El personaje de María está tan bien trabajado que parece real, y es que, si leemos el final que el autor nos dedica, sabremos que ha investigado bastante sobre el tema, conociendo a mujeres que se parecen a la protagonista, y que comparten su profesión. Los demás personajes también están bien trabajados, pero a su lado parecen bidimensionales, mientras que para describir a María nos faltarían dimensiones.

El final es, en mi opinión, exagerado, no la escena final, sino la noche que le precede, que me recordó vagamente al final de “Como Agua Para Chocolate”, de Laura Esquivel: les faltaba arder en llamas para hacerlo más dramático, pero también coincido en que era el adecuado: cuando escribes un libro que va enteramente sobre sexo, pasión, espiritualidad, y, en definitiva, sobre amor, ¿como no acabarlo con una escena final culminante? Era un final  dramático en exceso, justo como debía ser.

Así, este libro me ha parecido una maravilla por la simplicidad con la que se relatan hechos para nada simples, y por una narración que nos hace simpatizar con María, entenderla, amarla y, en definitiva, sentirnos ella por un momento, mientras reflexionamos sobre cosas que no sabíamos que sabíamos, y mucho menos que comprendíamos.

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